Friday, July 09, 2010

Durmiente

Se despertó y de inmediato supo que algo no andaba bien. Intentó despegar los párpados pero no lo consiguió. Retiró la delicada seda que generaciones y generaciones de arañas habían tejido sobre sus ojos, se sacudió el polvo de años que cubría su pelo y sus ropas, parpadeó en la penumbra del palacio derrumbado sobre sí mismo. Se levantó y se sorprendió ante la rigidez de sus miembros, que achacó a sus largos años de forzada inmovilidad. Sin embargo, la duda empezó a tomar forma - tan semejante a meter el pie desnudo en una corriente de agua helada en medio de un prado por el que una pasea confiada- en cuanto comprobó que la tela de su vestido dejaba entrever un cuerpo distinto, un cuerpo adulto, de pechos ligeramente caídos y piernas que anunciaban celulitis de forma inminente. Un espejo lleno de manchas confirmó sus presagios, devolviéndole la imagen de una mujer todavía joven, pero desde luego muy alejada de la adolescente que había caído fulminada víctima de un hechizo malvado.
"Algo anda terriblemente mal", pensó mientras se tocaba con las puntas de los dedos las finas arrugas que se habían formado bajo sus ojos. ¿Qué, o quién demonios faltaba en esta historia? El espejo le devolvió la imagen de una mujer con el ceño fruncido, asustada y confundida, que, sin saber por qué, encontró cómica. Se echó a reír con ganas, y todo su rostro se contorsionó con las muecas, arrugándose y desarrugándose.
Entonces lo supo. Supo qué le faltaba a su historia, que hasta entonces habían contado otros (la bruja, las hadas buenas, sus padres los reyes). Se dio cuenta de que por fin se había visto y reconocido en el espejo. Y lo demás sería complementario, no esencial.
Comenzó a caminar. Dejó atrás las ruinas del castillo. Y aquí tengo que dejar de escribir, porque esta es su historia y a ella le corresponde decidir cómo continuarla.