(Advierto que he dormido menos de seis horas y que mi estado de ánimo estos días oscila entre el pesimismo y la apatía: dada la complejidad de los temas que pretendo abordar, no aseguro el resultado).
"¿Acaso el puto Destino no premia las virtudes?" se pregunta Jaime-Lautaro en su desesperación, mientras se interna en la selva portando la cabeza de su amiga Teresa (A. Jodorowsky). Y, aunque la intuición de la trascendencia del espíritu en sus más tempranos estadios suela concebirse como respuesta al misterio de la muerte, la religión, en tanto que producto del razonamiento y ordenación de lo espiritual, responde en primer lugar a un miedo mucho más real y cercano.
En excavaciones de núcleos neandertales se han encontrado cuerpos enterrados en posición fetal y rodeados de restos fosilizados de flores. Mientras las madres frotan con aceite el cuerpo del anciano antes de descarnarlo y enterrarlo, los cazadores se preparan para le expedición. Una mujer que pone a punto su lanza se detiene un momento para deslizar un dedo por la cicatriz, todavía tierna, que zigzaguea por su abdomen . Con los ojos fijos en el horizonte mientras asegura la pieza de piedra que se hundirá en el costado del mamut, reflexiona en los peligros que ha de afrontar y en si vivirá para ver otro amanecer. ¿Acabará aplastada en la carrera enloquecida del animal cuando intente librarse de los cazadores? ¿Existe algún modo, en otras palabras, de asegurar su vuelta?
Que los acontecimientos nefastos se produzcan de modo aleatorio nos trae, pese a los miles de años de evolución (sé que se trata de especies distintas, que el H. sapiens no desciende del H. neanderthalensis... Permitidme la licencia), tan de cabeza como entonces. Para asegurarse la vuelta con caza abundante, la supervivencia de los hijos (con el tiempo, una buena cosecha, que el vino no se agriara, etc.), los grupos humanos concibieron medios de congraciarse con el esquivo destino. Una montaña, un animal, más tarde los espíritus que los habitaban, los de los ancianos sabios que habían transmitido la historia oral de la tribu y las técnicas para fabricar instrumentos que les facilitaran la vida... Bajo la protección de estos entes, el hombre sentía que en cierto modo forzaba al destino, agarrándolo de una oreja, a favorecerlo. A cambio, él portaría una efigie del animal, dejaría los despojos de su carne en las lindes del bosque para los lobos, evitaría, en las noches de luna llena, cruzar los arroyos poco profundos... Tocaría madera, llevaría una pata de conejo o la estampita de San Cristóbal en el coche, no pasaría por debajo de una escalera... El sentimiento religioso surge, por tanto, de la mano de la superstición y con la vocación de domeñar a los hados. Y si pensamos en la cantidad de costumbres que la Iglesia Católica (hablo de ella porque me toca más de cerca, pero estoy segura de que todas las religiones organizadas comparten esta tendencia) no solo permite, sino que alienta, resulta que nunca ha renunciado del todo a sus humildes orígenes: ponle una velita a San Antonio y encontrarás marido; si tienes problemas de vista, rézale a Santa Lucía; con cera, fabrica una piernecita de muñeca, deposítala en la capilla del santo X y deja allí un donativo, verás como en pocos días habrá remitido el reuma. La sublimación del sentimiento religioso corre paralela a la pervivencia de lo arcaico.
Ups... Resulta que el reloj de mi ordenador atrasa y todavía no he dedicado ni media hora al señor Lévi-Strauss y sus teorías sobre el mito. Por el bien de la tesis, lo dejo aquí (de momento).
3 years ago

